Dioses del hogar

Estándar

En clase tuve que inventar una pequeña historia de aventuras que parece ser que a mis amigas les gustó así que ¿por qué no ponerla aquí, un lugar en el que me siento bien escribiendo?

En el siglo IV a.C. vivía en Roma un joven muy astuto y fuerte. Muchas jóvenes de familias nobles le habían declarado su amor, pero él no le había dado esperanzas a ninguna. Su padre era muy anciano y deseaba estar con él el mayor tiempo posible por lo que pensaba hacer esperar el matrimonio hasta que su padre se reuniera con sus antepasados o hasta que lo considerara necesario. Una noche, mientras Julio, que se llamaba el joven, pasaba por delante del altar en el que reposaban sus dioses domésticos, percibió algo extraño; habían desaparecido. Corrió a la habitación de su padre y se lo contó, quien le rogó que los buscara para poder estar protegido por ellos cuando muriera, pues él mismo sabía que eso sería pronto. El anciano sospechaba quien podía haber sido el ladrón, así que le dio instrucciones a su hijo para que supiera dónde debía buscarlo.

Poco antes de amanecer, Julio partió. Se fue hacia el norte, pues era allí, lejos, donde se escondía el malhechor. Cargado con su zurrón con unas pocas provisiones y algo de abrigo, por si hacía frío por las noches en el norte, anduvo durante varios días. Hubo una noche en la que tuvo que descansar en una posada, ya que pasaba por una zona llena de asaltadores de los caminos y asesinos. Allí le atendió una anciana mujer, con el rostro de aspecto bondadoso surcado de arrugas. Julio le pidió un lugar en el que alojarse durante esa noche y ella, tras indicarle el camino hacia la única habitación vacía que quedaba, le dijo algo que lo dejó completamente desconcertado:

-Si deseas atraparle, deberás confiar en ti y en tu espada. La suerte te sonreirá, pero eso será después de los momentos de dolor. Recuerda siempre susurrar con toda tu alma el verdadero nombre de tu espada. Eso te ayudará a superar los momentos adversos.

Miró a la mujer extrañado pero decidió que si ella sabía que estaba buscando a alguien para matarlo, probablemente sería una bruja o una divina y él, que era muy supersticioso, la creyó. Subió a su habitación y se durmió rápidamente.

Habían pasado ya seis días desde que conociera a la vieja adivina. Por aquel entonces ya había tenido que atravesar montañas, había vagado perdido por el espeso bosque y se había enfrentado a unos ladrones que pretendía robarle y matarlo.

Tras una semana y media de problemas y aventuras, como las que se contaban de los héroes de la antigüedad, llegó a un pequeño pueblo. Nunca supo cómo, pero el hecho es que tuvo la certera sensación de que era allí donde se encontraba el ladrón. Durante un momento llegó a pensar que los dioses le estaban ayudando, así que rezó; pero luego se dio cuenta de que él no era nadie especial en quien los dioses se fijarían, y menos aún ayudarle con su propósito.

Fue, sin un rumbo fijo, por entre las calles del pueblecito. Trató de encontrarle y hubo un par de veces en las que se planteó preguntar a alguien si le conocía, pero si finalmente el ladrón moría, probablemente le relacionarían a él con la muerte. Algo que en realidad sería cierto.

Cuando ya había comenzado a darse por vencido, muy a su pesar, puesto se que lo había prometido a su moribundo padre, encontró al ladrón. Estaba sentado en una gran roca, en mitad de un descampado. Era como si supiera que iba a batirse en duelo y hubiera ido al lugar idóneo para ello.

-Te arrepentirás por lo que has hecho. Jamás se te debería haber pasado por la cabeza siquiera robar los dioses de mi hogar.- gritó Julio  haciendo que el ladrón se volviera dando un salto de la impresión.

– ¿Cómo sabías que había sido yo, muchacho?- dijo riéndose mientras sacaba su espada de la vaina.

– Mi anciano y honorable padre siempre había sospechado de ti, y en cuanto ocurrió el terrible acontecimiento de la desaparición de nuestros protectores, supo que eras tú. Sabía que te aprovecharía de su debilidad para hacer algo contra él.

Tras esa pequeña y tensa explicación, empezó la lucha. Fue muy rápida y reñida. El brillo de las espadas a la luz del radiante sol los cegaba momentáneamente, recurso que Julio utilizó para clavarle una estocada en la pierna. Eso no hizo que su contrincante se rindiera, sino que lo enfureció y le clavó a Julio la espada en el hombro, pero cerca de las costillas. Eso hizo que Julio cayera de rodillas en el suelo, aullando de dolor. Yacía casi inconsciente en el suelo cuando apareció en su mente la imagen de la anciana. Recordó lo que le había dicho y le hizo caso. “Tuescol” susurró con intensidad. Pareció que la espada cobrara vida con ese nombre musitado y, de un golpe rápido, Julio mató al ladrón.

Recuperó sus dioses y, sin retrasarse más, volvió a su hogar. Esta vez volvió en un carro, acompañando a un campesino que iba hacia los alrededores de Roma.

Una vez llegó a su casa notó, tangible en el aire, el dolor que se sentía. Todos estaban apenados y rotos por dentro, los esclavos, su madre, sus hermanas… No hizo falta que nadie le contara lo que había ocurrido. Lo sabía de sobra. Su padre había muerto. Siguiendo el ritual, colocó los lares, manes y penates en su lugar y rezó. Tuvo lugar la ceremonia por la cual él pasaba a ser el Pater Familias, el sacerdote en los rituales domésticos diarios. Tras esa celebración, le contó a su madre lo que le había ocurrido. Cuando llegó a contarle sobre la anciana de la posada su madre sonrió. Dijo que se trataba de la diosa Minerva, que había decidido ayudarle, como diosa buena y piadosa que era. Sabía que esto era así porque tuvo un día, poco antes de la muerte de su marido, en el que Minerva le decía que Julio estaba bien y que llegaría al hogar con sus dioses sano y salvo.

Unos meses después, Julio pidió la mano de una joven noble muy hermosa e inteligente. Sabía que eso era lo que su padre hubiera querido que hiciera con su vida.

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  1. Me ha gustado mucho, sobre todo ver que sigues escribiendo y que lo haces también. Ahora que he recuperado el enlace con tu blog podré seguir tus historias y disfrutar con su lectura.

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