Archivos Mensuales: febrero 2010

El delantal de Liz

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Liz era una chica soñadora. Siempre había creído que las historias de los cuentos y de los libros podían ser reales. De pequeña llamaba la atención por su enorme imaginación y su creatividad, pero cuando cumplió los 15, sus padres le regañaban constantemente. “Liz, céntrate en lo que es verdaderamente importante” “Liz, baja de las nubes” Liz tal, Liz cual… Ya se estaba hartando de esa actitud tan realista y estricta que todos tenían. Ella era buena estudiante, aunque algo distraída, y muy responsable, ¿de qué se quejaban? Si no le gustaba lo que el mundo real le ofrecía y prefería vivir en los mundos que los libros le presentaban, ¿qué podía hacer?

Una tarde, al salir del instituto, estaba tan cansada de que todo el mundo la tomara por loca, que ni se molestó en coger el autobús, echó a correr en dirección a su casa. Quería llegar y meterse en su cuarto y no volver a salir nunca más. Ese día en el descanso entre la de Matemáticas y la de Educación Física le había dicho su profesora que no podía seguir con esa actitud. Que con ella sólo conseguiría estar muy sola en el mundo. Pero lo que la mujer no sabía es que Liz ya estaba sola en el mundo. Nadie la entendía. Nadie se sentía como ella, fuera de lugar, como si no tuviera que estar allí.

Corrió durante mucho rato, hasta que notó que el cansancio hacía presa de ella. Se sentó en un banco que había en el parque que estaba atravesando, se cubrió el rostro con las manos y comenzó a llorar. Pasó un buen rato hasta que se hubo calmado. Levantó la cabeza y vio a sus pies un papel. No se había dado cuenta de que alguien lo hubiera puesto ahí. En él había escritas un puñado de palabras en un lenguaje extraño, que parecía neerlandés, ruso o algún idioma de esos del norte de Europa. Lo leyó en voz alta, tratando de pronunciar correctamente cada sílaba. Sólo eso consiguió arrancarle una pequeña sonrisa, de lo absurdo que sonaba ese lenguaje. De repente la cegó una resplandeciente luz blanca. Se sentía mareada, como si estuviera dando vueltas a la vez que un faro, con la potente bombilla a escasos centímetros de sus ojos. Sentía cómo los haces de luminiscencia atravesaban sus párpados y se adentraban en sus pupilas.  Hubo un momento de oscuridad, pero sólo duró unos instantes, después volvió a haber luminosidad, pero ya no era tan deslumbrante. Cuando abrió los ojos vio que se encontraba en un bosque. Las hojas de los árboles dejaban pasar una leve luz verdosa, que le daba un aura de encanto al lugar. Liz estaba maravillada. Siempre había soñado con ir a un sitio como ese, tan parecido a los bosques de sus libros, donde vivían hadas, duendes y demás seres mágicos. Donde los pájaros guiaban a los caminantes perdidos si éstos seguían su vuelo y sus hermosos cantos.

Aún algo aturdida, comenzó a caminar. Anduvo durante lo que le pareció una eternidad, hasta que finalmente llegó a una aldea. Era como si la hubieran transportado a la Francia del siglo XIV. Las casas eran sencillas, hechas de madera, paja y barro Estaba anocheciendo así que decidió buscar un lugar en el que refugiarse. Lo más probable es que hubiese alguna posada donde poder pasar la noche. La buscó pero no tuvo suerte.

Llamó a la puerta de una casa pero nadie le abrió, parecía como si no hubiera nadie en ella. Volvió a intentarlo con otra casa, ésta con las luces encendidas, pero tampoco le hicieron caso. Era extraño, como si nadie quisiese saber que ocurría fuera. Las calles estaban completamente vacías, a pesar de que no serían más de las 6 de la tarde.

Parecía como si todos los planetas se hubiesen alineado para que ese fuese el peor día de su vida. Comenzó a lloviznar. Se acercó corriendo a otra puerta. Cruzó los dedos mientras llamaba para que le abrieran. Como se suele decir, a la tercera va la vencida. Le abrió la puerta una chica, más o menos de su edad. Con el largo pelo rubio recogido en dos trenzas y un vestido color añil, como de sirvienta, sujeto en la cintura con un delantal blanco. Era muy hermosa. Muy probablemente, si allí ocurría como en las historias de los cuentos, esa joven tenía como pretendiente nada menos que al príncipe de aquel lugar. Una muchacha pobre y bonita que no podría amar nunca al heredero al trono porque éste era un joven despreciable y depravado.

– Perdona, me preguntaba si podríais dejarme pasar la noche en vuestra casa. Aquí fuera llueve mucho y…- comenzó a decir Liz

– Pasa, te estábamos esperando.- le dijo la chica con una voz dulce y sonriéndole.

La hizo pasar a lo que parecía ser el salón de la casa.

Todo estaba decorado muy austeramente, con baúles de madera oscura, lámparas de aceite y candelabros por todos lados y una gran mesa en el centro de la estancia. En la mesa apenas si había un cuenco de sopa de verduras para cada uno. Y un jarro de vino delante de un hombre que parecía ser el cabeza de familia. Sentada al lado del hombre una mujer ya entrada en años, que sería la madre de la joven, supuso Liz, puesto que tenía los ojos tan claros como la chica. Había también una tercera persona. Un muchacho de unos dieciséis o diecisiete años, con el cabello tan rubio como su hermana, recogido en una cola sujeta por una cinta de cuero.

– Te hemos estado esperando durante mucho tiempo, Liz.- dijo el anciano sorprendiéndola.

– ¿Cómo sabe…?-pero al parecer lo de no dejar a los demás terminar de hablar era una costumbre en esa casa, pues el hombre no la dejó seguir.

– Sé muchas cosas. Necesitamos tu ayuda en asunto muy urgente. El rey de Rocknasswood está reclutando muchachos para la guerra entre nuestras tierras y los de Sveltnailss. Todos los chicos del pueblo deben ir. Lo que ocurre, y es algo que nuestro rey ignora, es que los guerreros que el tirano que gobierna Sveltnailss son unos monstruos que no pueden morir. Mandar allí a nuestros hombres sería mandarlos a una muerte dolorosa. Sólo tú, venida de otra época y mundo puedes ayudarnos.

– No, yo no soy ninguna guerrera- replicó Liz asustada y miró a su alrededor, tratando de buscar algo allí que le demostrase que aquello era real.

– No necesitamos que luches, sólo que vayas al castillo de Rocknasswood y al de Sveltnailss y hagas al rey y al tirano Sronkar que cambien de idea y olviden la lucha.

– No puedo, por la sencilla razón de que no sé. Yo no soy nadie especial. No puedo hablar con reyes y tiranos. Soy una estúpida chica que por culpa de los libros sueña estas cosas.- y dicho esto se dio la vuelta para marcharse de aquella casa de locos. ¿Así era como los demás la veían a ella? Sin embargo la muchacha la agarró del brazo.

-Liz, esto no es un sueño. Es real. Irás al  castillo y convencerás al rey de que abandone la lucha. No te irás de aquí. Nos ayudarás.- dijo, pero estas dos últimas frases las pronunció con una voz ronca y desagradable. Liz se volvió y vio que su cara se había contorsionado hasta dejar de ser la chica y convertirse en una terrible monstruosidad deforme.

– ¡No!- gritó Liz con todas sus fuerzas.- Fuera de aquí. Esto no es verdad. No está ocurriendo. Largaos de mi cabeza.- siguió gritando un rato. Sintió que la que antes fue una chica, le pellizcó en el brazo.

– ¿Te parece esto real?- dijo ella mientras hacía que Liz aullara de dolor.

Parecía demasiado real para ser un sueño. A pesar de eso trató de despertar. Eso era algo que desde siempre se le había dado bien, despertarse cuando veía que el sueño estaba yendo de mal en peor. Gritó otra vez más y de repente, se despertó.

Estaba tumbada en el banco del parque. Sólo había sido un mal sueño, probablemente causado por el agotamiento tanto físico como mental. Tal vez todos tuvieran razón y ella misma, sin saberlo realmente, supiera que estaban en lo cierto y por eso soñó eso.

La pesadilla la ayudó a ser más realista, pero jamás dejó completamente de lado sus fantasías. Seguía leyendo y soñando con lugares increíbles, pero ahora sabía lo que sentían los personajes.

Lo extraño de todo era que cuando, esa tarde se había sentado en el banco y comenzado a llorar estaba anocheciendo casi, y cuando se había despertado de la pesadilla era de día. Era imposible que se hubiera pasado toda la noche durmiendo en el parque.

Hubo algo en todo ese asunto de la pesadilla que la asustó mucho y a la vez la intrigó. Y era que, durante el sueño, cuando la chica-demonio le había pellizcado, Liz le había arrancado el delantal, y cuando se despertó en el parque, lo tenía entre las manos. Por lo tanto, ¿había regresado realmente del sueño, seguía atrapada en él? Nunca sabría si realmente había vuelto pues todo podía seguir siendo un mal sueño del que luego despertaría.

 

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Nada

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El simple hecho de no haber escrito nada en mi blog me corroe la cabeza. No es que no quiera, ni que no pueda…. es simplemente que parece ser que he perdido la inspiración necesaria para escribir. Mi novela, a medio comenzar, también está la pobre muerta de risa en un rincón de mi escritorio. No sé qué puedo hacer. Tal vez simplemente consiga llenar mi blog de posts como este, quejándome de lo injusto de la vida y su inspiración.

Además de lo de la falta de ideas, está el hecho de que no pueda sacar tiempo de donde no lo hay. Eso no puede hacerlo nadie… bueno tal vez las madres, que son una especie superior de humanos, capaces de todo. Y nosotros como somos muy ingratos, no hacemos nada por ellas. Eso debe acabar, que no lo hagan todo ellas, que no es jutso en esta sociedad “progresista” que tenemos.

El tiempo no se puede perder, hay que aprovecharlo, y por eso yo me paso cada minuto de mi vida estudiando, cosa que deprime un poco. Entre los exámenes de la escuela, el MOC que hice el sábado pasado (cosa de la que estoy muy orgullosa, tal vez hoy me den la nota =) y los exámenes de la escuela oficial de idiomas…. estoy estresadísima.

Lo siento mucho. Pronto escribiré de nuevo. Ahora me estoy leyendo La Torre, de Enrique Cortés, mi profesor de Comentario de Textos Literarios. Es un muy buen escritor y un muy buen profesor. Llevo muy poco del libro, pero va del edificio Windsor, cuando ardió. Me lo estoy leyendo porque conseguí resolver unos jeroglíficos que él nos dio y ese era el premio, su libro. Engancha mucho porque es de intriga y misterio….

Leedlo.